Cine para todos

Volumen Nueve

Los cines han sobrevivido crisis económicas; nunca han cerrado por completo. No cerraron siquiera durante la Gran Depresión; al contrario, prosperaron. Tampoco durante la Segunda Guerra Mundial, aunque muchos de los filmes proyectados durante esa época tenían una función de propaganda más que de escapismo. Las salas de cine en Estados Unidos estaban casi vacías durante las semanas después de los ataques del once de septiembre del 2001, pero nunca cerraron. El cierre de los cines durante meses a causa de la pandemia que vivimos estos días no tiene precedente. ¿Qué sigue para ellos? Jorge Olvera se remonta las raíces mismas del cine para encontrar respuesta.

por Jorge Alberto Olvera Ramírez
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Cine para todos

El cine nació como un medio de entretenimiento para la clase obrera. Puede ser fácil olvidarlo en la era de producciones de cientos de millones de dólares, pero la reputación glamurosa y elitista de la industria es un producto de su evolución, no un componente intrínseco. Los nickelodeons, llamados así por su precio de admisión de cinco centavos, fueron un factor clave en el boom del cine norteamericano a principios del siglo pasado. Las condiciones sanitarias eran pobres y la duración de las películas no se acercaba a las dos horas que acostumbramos hoy en día, pero eso no detuvo a miles de espectadores que buscaban un escape barato. 

Tres décadas después, durante la Gran Depresión, el formato había crecido y adquirido cierto prestigio a tal grado en que ya no era accesible para la clase obrera. Los auditorios se habían expandido para acomodar a más gente, y aunque el precio de admisión de veinticinco centavos aún no colocaba al cine como un medio de entretenimiento exclusivo para la clase alta, fue el inicio de una tendencia que dejaba fuera de las salas de cine a los menos privilegiados; una tendencia que continúa en la actualidad. ¿Será posible revertir esta tendencia después de la pandemia?

Los cines han sobrevivido crisis económicas; nunca han cerrado por completo.  No cerraron siquiera durante la Gran Depresión; al contrario, prosperaron. Tampoco durante la Segunda Guerra Mundial, aunque muchos de los filmes proyectados durante esa época tenían una función de propaganda más que de escapismo. Las salas de cine en Estados Unidos estaban casi vacías durante las semanas después de los ataques del once de septiembre del 2001, pero nunca cerraron. El cierre de los cines durante meses a causa de la pandemia que vivimos estos días no tiene precedente. 

Los cines prosperan en nuestra actualidad a pesar de la popularidad de servicios de streaming. Pero si algo nos ha demostrado esta pandemia es la fragilidad de las instituciones y sistemas que alguna vez consideramos invencibles. ¿Podría esto representar algún tipo de fin para la industria? 

Me es casi imposible imaginar un mundo sin salas de cine, pero ese es el mundo en el que hemos estado viviendo durante los últimos meses. Esta pandemia es una oportunidad para reconsiderar todo el aspecto interpersonal de la experiencia de ir al cine; también para diseñar nuevas estrategias de llegar a la audiencia: ¿reducir costos de boleto?, ¿apostarle al streaming?, ¿a los autocinemas? Las tres son válidas y tienen el potencial de invitar a más personas a gozar de este medio, pero las tres tienen la misma desventaja: dependen casi por completo de las cadenas de cine y las productoras. Sería irrealista esperar que enfoquen sus esfuerzos en medidas que pongan en riesgo sus ganancias después de meses de pérdidas e inactividad (y considerando que cuando abran los cines, lo harán con asientos reducidos). ¿Qué podemos hacer nosotros, los espectadores, para hacer del cine una experiencia menos elitista?

Si queremos hacer del cine una experiencia más inclusiva que antes de la pandemia, es necesario hacer cambios que van más allá de medidas sanitarias. Debemos reconsiderar nuestras actitudes hacia la apreciación del cine, y especialmente, a qué grupos afectamos o excluimos con esas actitudes. Quisiera pensar que el haber estado tanto tiempo sin ir al cine llevará a un sentido de comunidad sin precedentes cuando finalmente podamos regresar a las salas de cine. Pero en un mundo tan dividido, y considerando el elitismo y exclusividad por parte de muchos espectadores, es un sueño que veo casi imposible a menos que cambiemos muchas de nuestras actitudes como espectadores. Y esto lo logramos también (re)pensando nuestra concepción del cine. ¿Qué esperamos de él? ¿Cómo lo concebimos? 

No olvidemos que el cine puede ser muchas cosas: puede ser escapista, pero también educativo y reflectivo; puede ser experimental o convencional; o puede ser todas o ninguna de esas cosas. Y estas expresiones son igualmente válidas y pueden coexistir sin problemas. El cine puede ser lo que los cineastas y las audiencias quieran que sea. No debe ser algo en particular. Pero sería una tragedia si permitimos que el cine se convierta en otra herramienta para dividirnos, si restringimos su acceso y su gozo a grupos privilegiados. Y por eso mismo me atrevo a decir que el cine sí debe ser esto: accesible para el mayor grupo de personas posibles. Debemos imaginar, tras la pausa pandémica, un cine mucho más accesible.

Podría parecer que las salas VIP, IMAX, 3D y similares son un producto de nuestra sociedad hiperconsumista moderna, pero esta tendencia hacia el espectáculo y experiencias de lujo no es nada nuevo. Desde los años 30, los cines se encuentran en una batalla asimétrica contra las casas productoras que exigen más cada año. Las exigencias de Disney hacia las cadenas de cine que deseen proyectar sus franquicias más populares sugieren una relación de captor y rehén y no una de codependencia como muchos podrían pensar. Los precios altos de boletos y comida y el enfoque en experiencias premium son medidas de supervivencia en muchos casos

Si bien servicios como Netflix y MoviePass o similares ofrecen una cantidad inconcebible de contenido por un precio relativamente bajo, la desigualdad económica y el elitismo por parte de ciertos aficionados del cine han privado a muchos grupos de gozar experiencias no solo entretenidas; potencialmente, educativas y terapéuticas. Incluso en un mundo utópico donde el dinero no fuera un obstáculo para disfrutar una función de cine, sigue existiendo gente que usa el cine para dividir, o sentirse superior. Gente que pretende decirle a otra gente como debe o no disfrutar una película. 

Y ha habido cineastas que han expresado su descontento sobre ciertas experiencias modernas, con comentarios que fuera de contexto podrían parecer bastante elitistas. David Lynch y Martin Scorsese, por ejemplo, han atraído bastantes críticas por sus posturas algo puristas. Lynch famosamente expresó su desprecio hacia los celulares como formato para ver películas. Scorsese atrajo la ira de fanáticos de Marvel cuando comparo sus películas a parques de diversión, diciendo que ‘no eran cine de verdad’. Este ultimo comentario frecuentemente es presentado sin el contexto necesario: Scorsese se preocupa por la desaparición del “cine tradicional”, que durante años ha coexistido con los blockbusters, pero que actualmente se ve amenazado por estas experiencias mucho más rentables y populares. Scorsese probablemente no tendría mucho problema con las películas de Marvel si Disney no obligara a los cines a proyectar sus franquicias mas grandes en un número mínimo de salas, potencialmente, privando a los espectadores de experiencias diferentes que no pueden competir con estos blockbusters.

Pero hay un mundo de diferencia entre los comentarios de Lynch y Scorsese y los comentarios de cinéfilos esnobistas que declaran: no eres verdadero fanático del cine si…la oración que sigue es irrelevante, pero los ejemplos son muchos. Creo que cualquier aficionado de este medio se ha encontrado con elitismo por parte de otros aficionados. Gente que desprecia la idea de ir al cine solos sin amigos o familiares (¡qué triste ir solo al cine!), gente que cree que el hecho de ver películas extranjeras los hace superiores a los fanáticos de superhéroes. Lynch y Scorsese nunca hacen juicios sobre las personas que consumen cine de una manera que no les parece. Esa es la diferencia. 

Estoy seguro de que regresaremos a las salas de cine en unos meses. Confío en que regresaremos. La situación actual del país y del mundo nos robó mucho. Las vidas que hemos perdido a causa de esta pandemia (y de la ineptitud de nuestros gobernantes, y de la incapacidad de muchos de seguir instrucciones para prevenir contagios) son tantas que he evitado lamentar públicamente la desaparición de mi pasatiempo favorito. Pero no doy por hecho que perdimos, casi en un instante, un pasatiempo al cual muchos de nosotros le tenemos un cariño inexplicable y que tiene la capacidad de educar, no solo entretener. Cuando regresemos a las salas de cine, espero que regresemos más unidos, con la intención de conectar, no de dividir. Y cuando regrese el cine, ojalá que sea uno con más apertura hacia sus audiencias.

El cine es para todos. El cine es para todos. El cine es para todos. 

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