Construyendo caleidoscopios

Volumen Nueve

Dibujar con colores diferentes reorienta, motiva y, sobre todo, ejercita la imaginación. No tengamos miedo a aceptar la angustia, la desesperación o la infelicidad. El no hacerlo puede privarnos de imaginar cosas diferentes.

por Federico I. Compeán Revuelta
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Construyendo caleidoscopios

 

El caleidoscopio es, como concepto, muy propio de estos tiempos. Diariamente damos un vistazo reducido a una imagen de la realidad distorsionada, que cambia, muta y parece incomprensible. En cierto sentido el caleidoscopio lo movemos nosotros pues, aunque sabemos que en el fondo del aparato no hay más que espejos y algunos brillantes sin valor, su complejidad aparente es una ilusión que reconforta. 

Las imágenes median todo lo que ahora conocemos como realidad, volviéndola imposible de interpretar. La pandemia reduce aún más la visión de nuestro caleidoscopio. Nos atrapa en una inercia de desesperanza más evidente y aguda. De por sí previo a esta crisis ya nos parecía imposible pensar dinámicas diferentes, ahora con la repetición de los días en los que vivimos las mismas notas, las mismas palabras, las mismas paredes, la imaginación se congela por completo y se hunde como bloque de concreto en un mar de ansiedad sobre futuros indeseables.  Surge entonces la intención, no de ver las cosas tal y como son; sino simplemente de ver las cosas de manera distinta. No me refiero a rotar el juguete hasta que no logremos reconocer la complejidad de sus ilusiones, sino dejarlo de lado. Si la ventana es pequeña, tal vez vale más la pena cerrarla e imaginar un nuevo vitral construido con colores nunca vistos.

Pero es complicadísimo imaginar futuros diferentes. La “normalidad” que tanto añoramos está construida en el cinismo y el nihilismo de una imaginación agotada… de una voluntad cansada. Solo los niños mantienen esa capacidad infinita de construir historias sin pasados o presentes que las limiten. Entreven en cada momento una posibilidad infinita, un vector directivo en que la única realidad es que todo puede ser de otra manera. En nuestro caso las cosas no son tan sencillas. Hemos perdido esa habilidad. Nos atan nuestras propias referencias, la subjetividad se ha tornado en monotonía, en pensares automáticos, en esperanzas mediocres. Pero hay que hacer el esfuerzo. Hagamos el esfuerzo. Seamos infantiles y, tal vez, un poco tontos.

Imaginemos que en efecto se hubiera detenido el tiempo; que todos estos días fuera ilusiones del mismo fin de febrero. ¿Qué haríamos con tiempo infinito? ¿Qué descubriríamos si realmente no hubiera prisa de nada? ¿Cómo afrontaríamos un eterno presente, un instante que se mueve, pero siempre permanece?

Para tratar de entender el concepto del tiempo eterno es necesario preguntarnos por el tiempo perdido. Por los trayectos diarios, las juntas innecesarias, las conversaciones que no tuvimos y las que tuvimos, pero no nos interesaban. Tendríamos que pensar en todo lo que aprendimos por necesidad y todas las pasiones que nunca seguimos por cobardía. Pero lo más importante es que habría que recordar todo el tiempo que perdimos alejados de la gente que amamos. Todos esos abrazos que ahora parecen lejanos e imposibles, esas conversaciones que nunca tuvimos, esos momentos que nunca compartimos, esas preocupaciones por el otro que nunca expresamos; o que cuando lo hicimos estábamos distraídos por el engañoso hechizo del tiempo, de la prontitud y de la urgencia.

Podríamos imaginar también un mundo sin ansiedad, sin una brutal incertidumbre sobre nuestro futuro, sin una desesperación colectiva adormecida en apatía. Imaginemos que el COVID fuera solo eso, una enfermedad. Algo de lo que pudiéramos aliviarnos colectivamente con un buen tratamiento. Con reposo, cuidados y un caldo. Imaginemos un presente en que pudiéramos detenernos a descansar. Que lo esencial realmente estuviera identificado y asumido para poder reorientar los esfuerzos superfluos hacia ello. Imaginemos un mundo en el que detenernos no implicará muerte, el hambre y el colapso. Que la pandemia no fuera un padecimiento moral, sino solo un traspié técnico. Que la vida digna estuviera asegurada y la economía fuera, como su raíz etimológica lo indica, la ley de nuestra casa; la organización de nuestro vivir… de nuestro bien vivir.

Imaginemos también un mundo seguro, consciente y empático. Uno en dónde el mayor temor fuera fallarle a nuestra comunidad y a nosotros mismos. Un mundo dónde no existiera la fuerza pública (ni privada). Que la violencia fuera solamente un recurso literario y la guerra una analogía poética; un cuento o un mito. Imaginemos un mundo tan pequeño o grande como las redes de soporte lo permitieran. Sin gestores políticos sino solo gestores operativos de una realidad simplificada, pero funcional.

Imaginemos, si tuviéramos que llevar este ejercicio al extremo, que somos felices. Que la felicidad fuera una expresión genuina y no una compulsión ideológica. Que esta pudiera ser identificada y definida más allá de subjetividades cosificadas, de añoranzas de poder, de delirios vacíos y euforias inmediatas. Imaginemos que pudiéramos entender y entendernos para saber qué es lo que realmente nos pudiera hacer felices.

Todo lo anterior pudiera sonar tonto… infantil incluso. Y suena de esa manera porque hemos perdido la habilidad de observar ilusiones distintas a las que dicta el poder. Las promesas del presente son aún más ridículas; pero son discursos conocidos y familiares. Cuesto mucho trabajo pensar utopías en tiempos de apocalipsis; pero al final ambos conceptos se nutren el uno del otro. Los dos evocan el fin de una época; ya mediante la destrucción o la reconstrucción de un imaginario distinto. Una es un mapa la otra una oportunidad para redibujarlo.

El atrevimiento en esta época de desmoronamiento es reconstruir imágenes, direcciones y destinos. La gran revelación no es que nuestro caleidoscopio distorsiona imágenes, sino que fuera de éste podemos construir otras mucho más completas, mucho menos engañosas y mucho más firmes. Dibujar con colores diferentes reorienta, motiva y, sobre todo, ejercita la imaginación. No tengamos miedo a aceptar la angustia, la desesperación o la infelicidad. El no hacerlo puede privarnos de imaginar cosas diferentes, de orientarnos con motivaciones y proyectos propios; de emanciparnos de las muy limitadas ideas del poder. Y al final, si lo que extrañamos son los coloridos fractales reflejados; recordemos que la belleza de estas visiones es que siempre las podemos construir nosotros mismos.

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