El milagro

Volumen Nueve

Un cuento de Clémence Lamy.

por Clémence Lamy
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

El milagro

Cuando por fin decidió rendirse, ya lo estaban esperando. Estaban ahí, listos para el enfrentamiento, con su uniforme verde y pálido, al igual que su tez, lívida y casi transparente por la iluminación del lugar. En un rincón del cuarto, una luz de neón parpadeaba, como si no se atreviera a ver lo que iba a pasar. Las herramientas estaban alineadas cuidadosamente y en orden. La mecánica funcionaba muy bien y el hombre apostado en medio de sus discípulos conocía la maniobra de memoria. Se había arremangado pero llevaba guantes, como para no tocar directamente la vida antes de extraerla de este cuerpo, el cual era todavía desconocido. Todos estaban listos. Ese día, un aprendiz como los llamaban, estaba ahí, sus intestinos habladores fueron los primeros en romper el silencio, traduciendo la angustia que sentía al pensar que iba a asistir por primera vez  a semejante evento. 

De repente, entraron tres personas y la alteración ocupó el cuarto. El jefe de la banda tomó sus herramientas y se puso en marcha, no tenía ni un segundo que perder. La primera persona con quien cruzó el umbral ya estaba sin aliento y sabía que iban a hacer de su cuerpo un campo de batalla. En lo más profundo de su alma vivía la esperanza de que luego de todos estos esfuerzos condujeran a un sacrificio menor para la otra persona en el futuro inmediato. En la segunda persona estaba a su lado, podíamos leer en sus ojos que compartía el sufrimiento de su compañera, una mezcla de temor y emociones. Este finalmente, no pudo aguantar y se alejó en un rincón del cuarto para intentar callar los gritos de su cómplice al que estaban maltratando. Viendo que sus gestos eran en vano, el jefe de la banda empuñó unas pinzas que le entregó su asistente. A pesar del arduo ejercicio, parecía que el jefe estaba entusiasmado pensando en la finalidad de sus actos.

Mientras se encargaba de cumplir su tarea meticulosamente, el resto del equipo se dedicaba al destino de la tercera persona. Este último luchaba como podía para aferrarse a la vida que apenas tocaba con la punta del dedo en ese momento. Una de los discípulos del jefe lo arrancó por la fuerza del barreño de líquido espeso y acuoso en el cual estaba sumergido desde hace un tiempo. Cuando pudo abrir los ojos, fue cegado por el rayo de luz que atravesó sus pupilas. Su cuerpo febril estaba maculado de esa sustancia melosa y se dió cuenta que tenía una cuerda entrelazada al cuello. La retiraron e inhaló profundamente para acabar con esa apnea interminable y sobrenatural. El aire penetró en sus pulmones hasta las mucosas más profundas. Esta bocanada de aire, portadora de vida, se apoderó de él como un fuego ardiente, la sintió bajar desde su garganta hasta el pie de sus pulmones. Las llamas oxigenadas le lamieron la tráquea y provocaron en él un dolor que nunca más podría describir. Sintió dos palmas agarrar su cuerpo para extenderlo en una tela azul. La esperanza volvió a nacer en él cuando sintió su corazón latiendo al unísono con otro. Empezó a gritar, un grito tal y como una melodía de la vida que se apodera de un ser. Ahí, apacible y protegido de toda hostilidad gracias al aliento de su madre que lo abrazaba con brazos amorosos, el neonato se le ofrecía al mundo que lo esperaba.

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