El ruido de las noches

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Somos una generación confundida entre ideas y expectativas, con el umbral de decisión tan alto que ya no sabe dónde caer. ¿Hemos pensado alguna vez en nosotros mismos como una flor? Para Michelle, somos girasoles: altos, bellos, diferentes, pero doblados, porque nos pesa la cabeza. A los girasoles les pesa la cabeza. ¿Les ha pasado?

por Michelle Mijares
12 Agosto 2020
Fotografía S/D

El ruido de las noches

Este escrito no es totalmente coherente. Advierto antes de que comiencen a leerlo. Contiene una serie de ideas y pensamientos entrelazadas que al mismo tiempo que se separan, buscan conectarse. No puedo describir lo que están a punto de leer como otra cosa que no sean los fideos de una Maruchan, nudos de audífonos debajo de la mochila o la bola de estambre que saca mi mamá cada vez que inicia el invierno.

No sé si la confusión ya es una costumbre permanente. ¿Acaso soy yo la única que la siente?

Somos una generación confundida entre ideas y expectativas, con el umbral de decisión tan alto que ya no sabe dónde caer. ¿Han pensado alguna vez en ustedes como una flor? Pienso seguido en los girasoles. Altos, bellos, diferentes a las demás flores, destacan por sus características distintas y su precioso saludo al sol. Pero a pesar de todo eso, se doblan porque les pesa la cabeza. Les pesa la cabeza. ¿Les ha pasado? No sé cómo explicarlo. A veces creo que mi peor enemigo es esa voz que toma diferentes tonos y formas según la situación. Algunas veces escucho a mi madre, otras a mi padre. Dependiendo del día escucho a mis hermanos o a mis amigos. Pero los peores días son los que me escucho yo misma. Esa voz. Esa voz que a veces viene bien, pero otras veces atormenta. Esa que te dice que pudiste haber dado más de ti mismo hoy, que pudiste ser más productivo, más perfecto. ¿Desde cuándo la perfección es esperada? ¿Desde cuándo es “alcanzable”? ¿Cuándo impusimos ese estándar? 

Levantarse dos horas antes no va a ser una diferencia gigante en tu vida, escaparte del desayuno no hará que consumas menos calorías. Esas 15 horas de ejercicio no lograrán que te mires al espejo y te guste lo que ves; siempre hay mejoras, pequeños detalles, cambios menores que crees que solucionarán todo para hacer la diferencia. No, leer 30 libros al día no te hace superior y no hacerlo tampoco te hace inferior. ¿Cuándo empezamos a jugar basta con nuestras vidas? No sé quien repartió las hojas blancas y nos puso un cronómetro que dicta las reglas de lo que debemos escribir dividido en columnas con requisitos que hay cumplir para poner ganar.  ¿Cuándo nos convertimos en jugadores que presumen quien puso la fruta más original con la letra B y a quién fue el único que se le ocurrió un país con P que no tuvieran los demás? ¿quién está tomando la cuenta? ¿quién va viendo quién gana? Y ¿A quién le importa quién gana? 

Cansa ¿no? Esa voz que te dice que todo sería diferente si fueras mejor en esto o en aquello, si en lugar de haber ido aquí, hubieras ido allá. Esa que no se calla y que hace más difícil conciliar el sueño por las noches. 

Pasan los días y con ellos siento como se desvanece lo que un día fuimos ¿No se extrañan a ustedes mismos? Antes de todo. Antes de la competencia. Detrás del juego eterno de basta que estamos extremadamente preocupados jugando casi diario, innovando con palabras diferentes, mejorando siempre nuestro tiempo. Las conversaciones sencillas sin querer aparentar, las amistades verdaderas que no compiten como dos jugadores de rugby en cancha. Los amores bonitos, esos que parece que solo se encuentra una en los libros. Antes. Antes de pensar que para tener éxito debes graduarte a los 22 y para ese momento ya haber conocido el mundo y si quieres apuntar a la verdadera perfección, ya tener alguien con quién compartir la vida. Que para dicho momento deberías tener una o quince o treinta o cuarenta ideas de negocio, levantarte a las 6:00 am, ni un minuto antes, ni uno después, y salir a “comerte el mundo” con tus ganas y tu ambición de éxito. Que si realmente vales algo en una empresa, no se empieza desde abajo. Si realmente fueras “perfecto”, no tendrías problema para encontrar un trabajo y en cuanto pasaras por las puertas de aquel edificio, todos se darían cuenta que estás destinada a ser la CEO desde que naciste. No se te olvide que tienes que mantener una alimentación equilibrada y una rutina de como un régimen de vida casi espiritual. Fallar uno o dos días te saca por completo de tus objetivos y pone en riesgo tu final feliz. ¿Cuál final feliz? ¿alguien ya lo visto? ¿alguien que me quiera contar cómo es? Porque esta fantasía de una línea de tiempo perfecta con tiempos calculados casi como agenda, me suena como demasiado sacrificio. ¿No deberíamos disfrutar el camino? ¿las fallas? ¿las imperfecciones? 

Equivocarse. Eso para mí es lo que no estamos poniendo en el foco de atención que deberíamos. Aprender, mejorar. Soltar la pluma y decirle basta al basta. Cambiar este juego al que somos adictos por un rompecabezas en el que disfrutamos buscar donde van las piezas. Piezas imperfectas, piezas que a veces no van ahí. Dejar ir esta ilusión de una línea del tiempo y pendientes en la agenda que nos llevan encaminados a lo que consideramos perfecto. Volver a cultivar relaciones sencillas, que no hagan complicada la existencia. Dejar ir a todo eso a lo que nos aferramos porque pensamos “que así debe ser”. Soltar esta idea de que si el amor no es intenso, no es perfecto. De que si la vida no es difícil a veces, realmente no la estamos viviendo. ¿Quién dijo eso? 

Aprendamos a callar esa voz interna que nos empuja a hacer cosas que tiene programadas desde pequeña. Creemos nuestro propio camino. Disfrutemos las imperfecciones, las equivocaciones y los pequeños desvíos que se hacen en el camino, porque al final ¿hay algo más bonito que perderse en carretera sin prisa? ¿hay algo más bello que ver la ventana y disfrutar lo que hay afuera? Con la música adecuada y la perfecta compañía. 

Enfoquémonos en crear nuestra realidad como nos gusta a nosotros. Sin competir, sin esperar. Pongámonos como prioridad, en lugar de este “sueño de vida” que crecimos viendo en películas, libros e incluso en telenovelas. El amor se encuentra también en las amigas, y la pasión puede tenerse para una misma. La luna no siempre sale completa, y la lluvia a veces destroza. Dejemos de romantizar los estereotipos de comportamiento que dicta las reglas para una vida adecuada, una vida feliz. Quitémonos esos lentes que nos impiden vernos a nosotros mismos y saber realmente si lo que decimos que queremos es por nosotros o porque lo hacen o lo dicen los demás. Tenemos una hoja en blanco, y los únicos dueños de la pluma somos nosotros. 

Despidámonos de esa voz que habla susurros y crea un ruido que hace poco sentido por la noche. Dejemos de ser girasoles que se doblan porque les pesa la cabeza. 

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