La ciudad como promesa perdida

Volumen Siete

Nosotros habitamos la ciudad al igual que esta habita su tiempo. Su única esencia es la realidad histórica de dónde surge. No sorprende entonces que hoy la ciudad sea un reflejo del capitalismo tardío; una extensión de terreno sometida al juego de la especulación, administrada por políticos que la operan como suya en representación de intereses de aquellos que son dueños del capital que la mueve. En esa ecuación grisácea no figuran los pobladores; mucho menos aquellos que se instalan en la marginalidad del espacio urbano. Pero ¿quién tiene derecho a la ciudad? ¿Sus habitantes por virtud del espacio que habitan o sus soberanos de facto por virtud de su riqueza heredada u obtenida del mismo despojo que ahora operan?

por Federico I. Compeán Revuelta
2 Marzo 2020
Teimpo de lectura - 02 minutos 59 segundos
Fotografía por: Remko Heemskerk

La ciudad como promesa perdida

Pensar la ciudad, como concepto y realidad propia, es siempre un reto. La ciudad es como el agua en la que habita un pez; se encuentra siempre presente, es parte de nuestro ecosistema vital, pero por virtud de su transparencia pocas veces la reconocemos como algo propio que cambia, evoluciona y se mueve. Como algo que fluye tanto en términos de idea como en su realidad material. Al ser una parte tan embebida en lo cotidiano, la ciudad no puede pensarse por fuera de lo personal. No es posible imaginarla como un área separada de lo que nos representa el vivir diario. Pensar la ciudad es, de una u otra manera, pensar la vida; al menos para el 55% de la población mundial que habita en estos ecosistemas.

Si quisiéramos comenzar este ejercicio como si fuera la primera vez sería importante darnos cuenta de que la ciudad no es una cuestión natural. Los centros urbanos no son una coincidencia aleatoria como aquella pequeña planta silvestre que surge entre las grietas del asfalto. La ciudad bien podría ser totalmente distinta, o incluso pudiera no ser. Sin embargo, en la actualidad la mayoría de ellas operan, se desarrollan y surgen de modelos más o menos depurados. Son una especie de constructo dinámico y complejo, pero a la vez, estructurante y poco original. 

Nosotros habitamos la ciudad al igual que esta habita su tiempo. Su única esencia es la realidad histórica de dónde surge. No sorprende entonces que hoy la ciudad sea un reflejo del capitalismo tardío; una extensión de terreno sometida al juego de la especulación, administrada por políticos que la operan como suya en representación de intereses de aquellos que son dueños del capital que la mueve. En esa ecuación grisácea no figuran los pobladores; mucho menos aquellos que se instalan en la marginalidad del espacio urbano. Pero ¿quién tiene derecho a la ciudad? ¿Sus habitantes por virtud del espacio que habitan o sus soberanos de facto por virtud de su riqueza heredada u obtenida del mismo despojo que ahora operan?

Las preguntas anteriores no tendrían razón de ser si el entorno, independientemente de quién lo definiera, tuviera sentido. Es decir, si la ciudad como concepto (siempre futurista) cumpliera con las promesas históricas de su visión utópica de antaño.

Las ciudades que imaginábamos eran democráticas en su concepción y en su cotidianeidad. Eran lugares prósperos que concentraban bienestar, comodidad, diversión, inclusión, sustentabilidad y progreso. Énfasis en esta última palabra que, aunque hoy es sinónimo de tecnocracia, en las visiones utópicas del siglo pasado representaba una voluntad colectiva hacia la madurez del humano como ser consciente y colectivo. Mas en la actualidad nuestras ciudades operan como prisiones, como extensiones territoriales incómodas que representan el mismo tedio de nuestro rutinario día a día. El sinsentido se muestra como obvio cuando imaginamos lo que pensaría algún viajero del tiempo perdido al encontrarse con nuestras ciudades. Ya sea uno de un pasado o futuro distante. 

Imaginemos su impresión al ver que desperdiciamos buena parte del día en traslados torpes y lentos; que respiramos veneno la mayoría de los días; que construir se ha vuelto sinónimo de destruir áreas naturales; que la interacción colectiva en los espacios urbanos es indiferente en el mejor de los casos y violenta en la mayoría de estos; que a pesar de la gran densidad poblacional estamos divididos por áreas, por sectores, por bardas y muros que pretenden ocultar la pobreza o al menos darnos la ilusión de que estamos separados de ella.

La ciudad, en toda su funcionalidad, es en la actualidad un desierto comunitario. Un paisaje que en su diseño urbanístico de moda pretende ocultar la desolación desde donde opera. La ciudad es una promesa perdida; un testamento de un futuro que no llegará jamás. El sentimiento contemporáneo de vivir en una ciudad puede remitirnos un concepto utilizado por Derrida y desarrollado por Mark Fisher conocido como hauntología. Refiere a una especie de nostalgia paralizante por los futuros perdidos. La idea de que esas visiones utópicas han sido canceladas por virtud misma de un presente posmoderno y neoliberal. Somos incapaces de (re)pensar y (re)pensarnos en relación con la ciudad -y por supuesto, fuera de ella.

Fisher lo ejemplifica de forma directa con su reseña de la película de Cuarón, Los Hijos del Hombre. En esa aproximación de un apocalipsis cotidiano se nos muestra una distopía eminentemente contemporánea que describe así:

[…] contrariamente a la fantasía neoliberal, no hay un debilitamiento del Estado que lo reduce a sus funciones centrales militares y de policía. En este mundo, como en el nuestro, el ultraautoritarismo y el capital no son de ninguna manera incompatibles: los centros de café y los centros de detención coexisten.

En esa dualidad detestable, la del consumo y el control autoritario total, se refleja un presente estéril que tiene ya poco de ficción. La esterilidad explícita de la película se fusiona con la esterilidad figurada del futuro que nos muestra. Un futuro detenido, estático, pasmado y sin ningún indicio de cambio. Una especie de destino manifiesto hacia lo inerte. ¿Cómo recuperar entonces esa promesa perdida? ¿Qué se requiere para escapar del estupor histórico de una ciudad totalmente inercial, de una descomposición simbólica y estética que no puede ya responder sino a la lógica destructiva de quiénes operan la ciudad como suya, cuando si acaso lo que les pertenece es el rencor colectivo que genera su agravio?

Un primer paso clave es asimilar que cualquier ciudad tiene el potencial de cambiar. Su condición alienante no tiene porque ser permanente y aunque sus espacios de incidencia son limitados, siempre tenemos la posibilidad de transformarlos mediante ejercicios comunitarios. Entendiendo la posibilidad de cambio, el segundo gran paso es encontrarnos con el otro. Ese vecino incómodo, ese peatón estorboso, esa persona molesta en todas esas situaciones que se antojan imprácticas; pero cuyo principal esfuerzo recae en la paciencia para comunicarnos sin suponer que hay que destruirnos en el proceso. De ese paso a la movilización de voluntades organizadas hay un intermedio profundo y tortuoso; pero que en la condición de inteligencias iguales que defiende Jauqes Rancière, considero que hay múltiples oportunidades de al menos comenzar a entendernos.

El diagnóstico que aquí se presenta es limitado, y por ello, también sus posibles soluciones. Pero en el ejercicio de recordar —como aquel pez que da cuenta que nada en agua— cuál es la voluntad de una ciudad para todos, las primeras transgresiones deben de venir desde la reflexión comunitaria de la ciudad como espacio, no público, sino personal; como reflejo directo de la vida y como reclamo dinámico de esta. Es imposible recuperar las nociones utópicas de la urbanidad sin reconocer la esencia de su carácter colectivo, de su naturaleza concentradora, de su dinámica rizomática. El primer paso es atrevernos a pensar cómo nos gustaría vivir; pues esa voluntad en su cualidad individual y colectiva puede determinar cómo imaginamos esa ciudad que, al menos hoy, parece aún no existir.

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