La fría noche

Editorial

Obra ganadora de nuestro segundo concurso literario: Milagros de Navidad.

por Cristopher Yael Esquivel Muñoz
23 Diciembre 2020
Fotografía

La fría noche.

Reescritura del texto “La pequeña cerillera” de Hans Christian Andersen. 

Una noche helada. La noche buena. Triste y solitaria para una niña como tú que, con apenas nueve años de edad, te ves obligada a abandonar toda idea de juego o distracción porque para poder comer tienes que estar concentrada y vender cada uno de los cerillos que llevas. Tu trabajo es, probablemente, uno de los más difíciles que hay puesto que no te permite descansar. Desde hace meses existe una fuerte pandemia en la ciudad y llevas varios días terriblemente enferma, pero eso no ha impedido que te detengas. 

A pesar de que el día ha sido especialmente malo ya que no has logrado vender una sola caja de cerillos y cada vez te sientes más débil y cansada, sigues buscando un comprador. Caminas por una calle y a través de las ventanas de algunos hogares logras ver a niños jugando con aparatos electrónicos, en compañía de sus padres. ¿Qué se sentirá tener una mamá o un papá? No lo sabes porque la única persona que te cuidó fue tu hermano mayor. Hacía semanas que falleció y no hubo mucho tiempo para lamentarse. Te limitaste a cerrar sus ojos y seguiste con tus ventas. De cualquier manera, él te había prometido que vendría por ti y te llevaría al lugar en el que está. Algo de bueno tendrá ese sitio para que aún no haya vuelto.

Te detienes en una esquina y tratas, inútilmente, de cobijarte con tu ropa rota y tus pequeños brazos. El viento es fortísimo y te obliga a usar uno de los cerillos por primera vez. Tratas de encenderlo como lo hacía tu hermano y lo logras después de varios intentos. De pronto, te pierdes en la luz. Esta te muestra los juguetes que nunca pudiste tener debajo de un árbol de Navidad. Más atrás, se encuentra Santa. El famoso Santa Claus que por algún motivo jamás te trajo un regalo. La imagen termina porque el tiempo es corto y el fuego se apaga. 

No comprendes cómo conseguiste ver eso pero deseas repetir la experiencia. Prendes un cerillo más y otro, y otro, y otro. Continúas así hasta que únicamente te sobra uno. Piensas en todo lo que observaste con las llamas anteriores: platos llenos de comida, camas calientes, tesoros, castillos y estrellas. Te permitieron tener las cosas que siempre deseaste.

¿Qué te enseñará el último? ¿Valdrá la pena gastarlo y quedarse sin nada que vender? Sin dudarlo, usas el cerillo restante y la combustión dibuja a tu hermano. Este tiende su mano y tú la tomas inmediatamente. Al hacerlo, entras a un planeta en el que tus sentidos se agudizan y aunque tú no entiendes lo que pasa, te hace feliz estar con él. Carlos te comenta que si caminan derecho podrán llegar a donde está Santa, que vivirán allá y que tendrán todo lo que quieran, que esa es la causa por la que no les trajo nada antes: les esperaba algo mejor.  Emocionada, lo abrazas y lloras. Luego, lo sujetas fuertemente y avanzan. Avanzan para ya no volver aquí. 

Mientras lo hacen, tú sonríes. Sonríes gracias a que el frío se ha ido, ya no existe. Sonríes debido a que al fin comprendes la razón por la que tu hermano no había regresado: porque este nuevo mundo es hermoso. Increíblemente hermoso. 

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