Máteme ese recuerdo de ese amargo amor

Volumen Diez: Supermemes, superlenguaje

Afortunadamente hemos desarrollado una nueva forma de expresar ingenio que nos ayuda a aligerar la carga mental que representa cada nueva tragedia. Desarrollamos un mecanismo de defensa volviendo a los memes una sátira, un homenaje a lo absurdo. Michelle Mijares reflexiona el sentido cómico del meme y su impacto en la tragedia.

por Michelle Mijares
1 Septiembre 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Máteme ese recuerdo de ese amargo amor

 

Y como lo dice el título: alguien por favor máteme ese recuerdo de ese amargo amor. Una frase que surgió en medio de una pandemia logró hacer reír a una nación completa. Nos hizo reír tan fuerte que olvidamos el cubrebocas, y por unos momentos, solo pensar en qué amargo amor quisiéramos que nos borraran con un termómetro mágico. 

Queridos memes, como los adoramos. Si de nosotros dependiera olvidaríamos nuestras actividades productivas y la pasaríamos riendo de cada nuevo golpe que recibe nuestro mundo mediante su manifestación artística que de pronto aparece en redes. ¿Alguien recuerda la caída de Edgar? nuestro querido Edgar, me atrevo a coronarlo el precursor de la comedia accidental que se viraliza en internet. Con su intento de atravesar ese tronco y no caer al charco, sin quererlo representó a toda una generación tratando de cruzar por la vida sin caerse. Un video tan simple que puede resumirse en una frase tan icónica como: “Ya wey, por favor wey ya” es cómicamente una perfecta metáfora de todos nosotros intentando atravesar nuestro propio tronco. Todos somos Edgar tratando de cruzar ilesos las crisis económicas, políticas y sociales que condicionan nuestro entorno todos los días. A lo único que nos queda decir “Ya wey, por favor wey ya” 

Afortunadamente hemos desarrollado una nueva forma de expresar ingenio que nos ayuda a aligerar la carga mental que representa cada nueva tragedia. Desarrollamos un mecanismo de defensa volviendo a los memes una sátira, un homenaje a lo absurdo. A diario surgen dos, tres, quince o cien memes nuevos que buscan la gracia en cada irreverencia que decide arrojarnos la cruel realidad. Hemos crecido rodeados de constantes crisis que pueden colocarse en la escala de tenues a graves, y nunca sabemos con cuál vamos a amanecer. 

En lo personal, he llegado al punto de ver memes para enterarme de la situación mundial antes de acudir a los noticieros (situación que es incorrecta ya que gracias a esto se viraliza información falsa  y mal interpretada) Pero existe una extraña y reconfortante belleza en leer estos sucesos desde una perspectiva cómica para aligerar el golpe de realidad. Como noticiero matutino, todas estas obras de arte (no se me ocurre bautizarlas como otra cosa) fungen como medio masivo e informativo, contándome cada nueva tranza política, escape del chapo y crisis mundiales actualizadas al momento. Y ahora que lo pienso, ¿teníamos de otra? Si no creamos este mecanismo de defensa ¿qué sería de nosotros?  Nos vimos obligados a inventar este modo de supervivencia para no volvernos locos. Llegando incluso al punto de decir: “Se escapó el capo más grande de México, pero no se escapó del humor de los memes”. Hablando del mismísimo líder del cártel de Sinaloa, un capo que logró escaparse de todo menos de los memes.

Los memes son “curitas” en las heridas. El confort que te da conocer que otra persona está viviendo lo mismo que tú, le quita el sentido melancólico y dramático que representa encontrar empatía en música o en libros. La belleza de los memes es la de empatizar entre generaciones los problemas y encontrar a través del humor que no estás solo. Reírse del dolor, ansiedad, decepción o desesperación mediante estas imágenes o videos tiene un poder curativo. Encontrar un punto común puede representar una conexión más allá de la que vemos a simple vista. Gracias a los memes, pudimos darnos cuenta de que todos tenemos la misma madre. Los “chanclazos”, “¿qué te hago si voy y lo encuentro?” “ustedes todo pierden, cosa que compró, cosa que pierden” “¿y si ellos se avientan del techo tú también te avientas?”. Creamos el estereotipo de esta “madre mexicana” porque es muy fácil identificarse con ella, porque la conocemos, la vivimos y la tenemos. 

Aunque por fuera llegue a parecerlo, no somos muy diferentes los unos de los otros. Todos fuimos a la misma primaria, tuvimos  a las mismas maestras y al parecer hasta el mismo grupo de amigos. Nuestro querido rey de los viejos recuerdos Paco de Miguel,  se ha encargado de enseñarnos que todos vivimos experiencias tan similares que logran crear videos de comedia en segundos, y que con ellos se identifiquen miles. Esta conexión que logra este homenaje a lo absurdo, la veo como algo muy “nuestro”. Con todas estas imágenes, videos y frases, desarrollamos una especie de lenguaje en código. Aprendimos a comunicar emociones, crear historias, chistes “locales” con base en esta masificación y el impacto que tiene la cultura del chiste. Podemos sostener conversaciones unos con otros que algunos van a encontrar difícil entender. Creamos una cultura colectiva que nos permite comunicarnos, expresarnos y entendernos sin tomarnos las cosas tan en serio.

Imitando el arte del chiste de buscar lo bello en lo trágico, encontré que esto es como lo dije antes: nuestro. Los memes son nuestros. Este lenguaje con base en stickers y memes es algo muy nosotros. Por fin tenemos algo que no ha sido contaminado por manos externas, que nos tendrá conectados los unos con los otros y se quedará grabado en nuestra memoria hasta llegar a ser nostálgico. La risa que han provocado, la hora específica del día para ver memes y etiquetar a los amigos porque aunque estén separados sabrán que están riendo por lo mismo. Todo esto tiene una belleza muy extraña. Esta conexión que a mi parecer tenemos sobrevaluada no debe pasar desapercibida. Valorar que gracias a tan absurdo arte hemos establecido conversaciones con desconocidos, entendido chistes ajenos, roto el hielo en reuniones externas, y darnos cuenta de que los memes son más que lentes ante lo trágico. Son nuestros. Somos nosotros. Es nuestro mecanismo de defensa, algo que compartimos como una generación que se ha desarrollado dentro del infortunio y no le quedó de otra más que mofarse de lo absurdo. Qué bonito es apreciar que nos reímos de nuestro propio trauma, qué bello saber que algunos días todos cojeamos de la misma pata. Y qué bonito es encontrar un sentido del humor, que nos conecte más allá del pensamiento y lleva a empatizar con ingenio, que a través de risas y de burla se puede entablar conexiones que no se comparan con ninguna otra. Qué bonito saber que la risa cura. Pero sobre todo: qué bonito que los termómetros pudieran borrar el recuerdo de ese amargo amor. ¿Verdad Rick?

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