Narciso en el edificio

Volumen Siete

Lo que tiene a la metrópoli moderna enterrada bajo una capa de humo es la concepción de que la ciudad es (o debe ser) una máquina industrial en lugar de un ente vivo que late, que se mueve, que se desarrolla y que respira. Y ese es el mayor reto: ¿qué función debe obedecer una metrópoli? Renata Kalife reflexiona al respecto.

por Renata Kalife
2 Marzo 2020
Teimpo de lectura - 3 minutos 10 segundos
Fotografía por: Aleksandar Savić

Narciso en el edificio

Hoja en blanco. Si tan solo fuera igual de fácil escribir que diseñar una ciudad. Borrar lo que no va, corregir rápidamente; adaptar ante una segunda leída lo que no cuadra, agregar lo que falta. La facilidad no es un factor que el texto y la ciudad compartan, pero la creatividad sí lo es. También la nitidez, ¿no?; al menos debería de serlo.

Estoy harta de ver el cielo y ver una bruma café y darme cuenta de que respiro eso. No poder caminar distancias relativamente cortas (cuando el clima lo permite) porque no hay cultura vial; porque no hay espacios para hacerlo. Porque la calidad del aire te irrita los ojos y la garganta. Y me pregunto qué puedo hacer. ¿Cómo pasar de las acciones individuales a las colectivas? Hay tantas vertientes, pero me parece, lo urgente sería encontrar una manera de ligar las necesidades sociales y urbanas a las ambientales. 

Lo que tiene a la ciudad enterrada bajo una capa de humo es la concepción de que la ciudad es (o debe ser) una máquina industrial en lugar de un ente vivo que late, que se mueve, que se desarrolla y que respira. Y ese es el mayor reto: ¿qué función debe obedecer una metrópoli? Anteriormente, el diseño era cuestión de funcionalidad: crear cosas que sirvan. Posteriormente, la estética pasó a un primer plano, agregándole la cualidad ‘visual’ a las cosas. Ahora, es imperativo que las cosas no solo funcionen y sean estéticas, sino que sean conscientes y útiles en un plano ambiental.

En este caso, la ciudad necesita espacios y edificios que más allá de cumplir con Función y Estética cumplan con esta conciencia Ambiental. Pongamos a Nuevo León para el ejemplo; a su capital: la ‘ciudad de las montañas’, que poco a poco se convierte en la «metrópoli de plazas».

Hay una innegable obsesión regia con la cultura americana; ocurre en los gustos y en lo urbano: hablo de la obsesión al automóvil (y el temor al transporte público). 

En Monterrey un auto se ha convertido en un emblema de ‘estatus’ socioeconómico, mientras que el transporte público es lo contrario. La ciudad crece bajo un modelo caducado; lo que anteriormente funcionaba y se priorizaba no va a la par de lo que se requiere hoy. 

En fin, dentro de esta comparación cultural, se encuentra el ejemplo que propongo, The Vessel, en Nueva York. La Gran Manzana perdió credibilidad con su obsesión estética. The Vessel es un gran ejemplo: estructura, inaugurada hace casi un año, diseñada por Thomas Heatherwick, caracterizada por una arquitectura innovadora y atractiva. Pero eso es todo lo que es, y el problema está en que pudo haber sido tanto más. En el caso de este edificio, las necesidades sociales fallaron a entrelazarse con las ambientales y resultó en un sitio turístico finalmente fútil ante los ojos de los ciudadanos y víctima de bastantes críticas (véase el ensayo titulado ‘Fuck the Vessel’ de Kate Wagner). The Vessel está definido no por lo que es, sino por lo que falla a ser. 

Para la obsesión neoyorquina, las cosas debían de ser entonces útiles, pero sobre todo, bellas. Esta estructura que asemeja un panal ha sido muy criticada (K. Schwab la llamó ‘una cosa brillosa para caminar’); ilustra a la perfección la futilidad de su existencia, más allá de su función principal (espacio público, por su propia y oficial definición) y su estética (‘brilla’). Audrey Wachs, en un artículo para el Architect’s Newspaper, escribe que los “críticos han comparado el Vessel a la Torre Eiffel, pero el sitio de referencia Parisino es muy perteneciente a su era, y la creación de significado en nuestro tiempo ha ido más allá de la semiótica de ojo por ojo”. Ahí la clave, a mi gusto: perteneciente a su era. ¿Dónde está el pensamiento ‘Smart City’? ¿Dónde está el Bosco Verticale (Milán) que este Vessel pudo haber sido? ¿Dónde esta el tercer pilar, el factor ambiental? 

De nada sirve, si le haremos caso a Jerry Saltz, crear edificios monstruosos que atraigan a miles de turistas – o que solamente ‘estén ahí’ - si eso es lo único que hacen, ‘pudiendo hacer tanto más’. Hoy, ya no necesitamos edificios para posar enfrente; para subirlo a Instagram. Necesitamos edificios y calles y construcciones que más allá de las necesidades / lujos sociales que ofrezcan, estén haciendo algo por el medio ambiente, nuestro aire, la vialidad (Parque Arboleda creo que es un ejemplo adecuado de esto). 

El problema es que aún no tenemos esta mentalidad colectiva instalada de que un enfoque de funcionalidad ambiental es necesario ya en cada edificio, espacio o calle que se cree. Nadie (el gobierno y las empresas) quiere arrojar la luz al tema porque es costoso y es tedioso admitir que nos hemos equivocado de camino. Hacer alto y pedir direcciones; estamos perdidos. 

Hemos querido pensar que, no solo no es urgente, sino hasta inexistente. Y peor es que es crucial para seguir viviendo sin ser la analogía perfecta a una cámara de gas en el norte de México. Si seguimos respirando y construyendo así, nos vamos a matar. Como todo, es cuestión de organizar a los compradores; los vendedores, ya están organizados, y por eso aventajan. La ciudad es una inversión, no un espacio para habitar. 

Reitero, tal vez no pueda poner el dedo en la llaga, pero me atrevo a decir que la meta de construcciones conscientes en el plano ambiental, aunado a servir funcional y estéticamente, son un buen comienzo para repensar a la ciudad.

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