¿Qué sueñan los perros?

Haba es una perrita adoptada que sueña con ir al espacio. No cualquier perrita sueña con ir al espacio. Este cuento, que forma parte de la antología Sin Puertos publicada por Casa Tomada, imagina ese mundo posible, silencioso, que se sucede en los ojos de nuestras mascotas.

por Mariana Ortiz Joachin
4 Septiembre 2020
Fotografía

¿Qué sueñan los perros?

Haba, no la leguminosa, es una perrita adoptada que sueña con ir al espacio. No cualquier perrita, ni cualquier leguminosa, sueña con ir al espacio. Skyler, su hermana, soñó ayer que quería un pedazo enorme de ribeye. Haba roba toda la comida; nunca pide, con sus ojos tiernos y brillantes, que se le dé el último pedazo de quesadilla con shiso. Haba sueña con ir al espacio, se sienta en el balcón del departamento y se queda mirando al cielo.

El universo no existe para ella, o tal vez sí: todos los días son lunes o domingo o miércoles, todos los días sabe que pronto se irá en su nave de la NASA, allá afuera nadie la confundirá con una haba. Nadie le ha dicho que estamos en cuarentena, que hay una pandemia allá afuera. No le importa, o tal vez sí y no es suficiente para que ella deje de mirar al cielo.

Me puso a escribir este cuento para cuando se vaya, porque mientras no esté investigando sobre teoría de cuerdas o el infinito quiere algo para leer. Un día me sentó en la mesa del comedor y me dijo, me ladró: “escríbeme un cuento”. Yo no quería porque, ya sé, se lo va a comer antes de que pueda siquiera terminar de leer la primera oración. A Haba le encanta el papel de los libros de Alfaguara. “Escríbeme un cuento que hable de mí”, me ladró. Sólo entonces fue imposible decirle que no y aquí estoy, escribiendo sobre la cama mientras ella le ladra a no sé quién en el balcón, presumiendo que un día se irá con la NASA y no tendrá tiempo de quedarse mirando al cielo.

Ustedes no lo saben, yo tampoco debería, pero Haba tiene tres años leyendo a escondidas los libros de física que su papá tiene en el librero. Yo no los entiendo en absoluto pero Habita, no la leguminosa, ya es doctora en leyes de Newton. Cuando descubrieron una enorme onda gravitacional, salió corriendo. Yo pienso que quiso llegar a la torre de control de la NASA y se le olvidó avisarnos que se iba para el cielo.

***

Skyler cumple años el próximo fin de semana: un ribeye, mi calcetín, el papel del baño y los clínex sucios son sus regalos. Dejarle un mapa con tesoros por toda la casa para que fuera buscándolos será su fiesta. No hay que explicarle a dónde se fue Haba. ¿Sabrá que su hermana lleva una semana perdida? ¿Le preguntará eso al cielo?

Ella no sabe cómo se llaman los días del fin de semana, le da lo mismo una lata que un libro. Hora tras hora se echa a dormir en aquel balcón, saludando y despidiendo al sol y a la luna, como quien espera algo que no conoce del cielo.

Ni qué decir, qué hacer, estamos cansados. Tengo un dolor de espalda que no me ha dejado caminar durante días, Skyler, ven. Nos acostamos esperando que nos lama las piernas, los brazos, el estómago, como cuando quiere obligarnos a salir. Miramos los cables de la calle preguntándonos si algún día volverán a pasar los niños sin su cubrebocas, si las horribles caretas de plástico dejarán de ser accesorio esencial cuando todo esto termine. ¿Terminará esto algún día? ¿Volveremos a ver el cielo?

Frente a nosotros, en ese balcón tan familiar, una enorme nave espacial con el sello de la NASA adorna el cielo.

***

El presente cuento forma parte de la antología Sin puertos, de Casa Tomada; es la segunda edición al cuento que originalmente se publicó en VOCANOVA en su noveno volumen. Por acá podrás consultar su primera edición.

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