Quietecito

Volumen Nueve

Este cuento recibió la mención honorífica de segundo lugar en nuestro primer concurso literario, Pandemioscopio.

por Miguel Carreón
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Quietecito

No podía haber sido de ninguna otra manera. Estaba sentado en el banco de la sala, me caía de sueño, llevaba días sin poder dormir más de 15 minutos de corrido. Del suelo no pasaría pero el golpe en la cara no podría olvidarlo ni ocultarlo. Cambié de posición una, dos, tres, cuatro veces y seguí leyendo o intentando. Los párpados me volvían a ganar y cuando me daba cuenta estaba despertando otra vez. Me acordé de Horacio, de sus cuentos, ¿Dónde andará ahora me pregunto?

Seguí luchando por concentrarme pero mi mente brincaba entre ideas, corría, andaba en círculos. Era una tarde más, una de esas en que todo mundo es color naranja, el aire espeso y los charcos espejos del cielo.

Me leí un par de párrafos sin perderme pero cuando menos lo esperaba lo que mi cerebro andaba correteando era una musiquilla que sonaba lejana. Un jingle. Volví al libro, tres párrafos más. Ahora el aleteo incansable de un insecto grisáceo que intentaba frenéticamente atravesar el vidrio de la ventana me robaba la atención. 2 páginas más.

- Sí, lo acabo hoy. Dije al aire con una voz que apenas alcancé a escuchar. Volví la vista al principio del siguiente capitulo, leí tres veces el mismo párrafo y cuando me creía ya concentrado recordé que el lavabo estaba tapado. Cerré el libro, le puse una servilleta a medio usar como separador, pensé que era una cochinada y me excuse ante mi propia idea pensando que si se manchaba usaría esa forma, ese fósil de alimento para empezar una ilustración más tarde. Nunca lo hice pero el libro sí que se manchó.

Entré al baño, armado con un alambrito que encontré en el camino, seguro en otra vida fue un gancho de ropa. Me acerqué al lavabo, introduje el alambre por el drenaje que tantos anillos y cabellos se ha robado. Lo moví para todos lados, lo llevé a realizar una grotesca y sensual danza rodeado de mugre húmeda de años. Salió cubierto de un lodo extraño lo tiré a la basura, abrí la llave para asegurar la victoria y lleno de aquello que inunda la mente del triunfador regresé a mi libro.

2 páginas más, un capítulo menos. El jingle lejano se volvió a posar en mi atención como una frágil polilla que encuentra el lugar seguro más cercano al foco que la está llamando.

Me obligué a concentrarme, lo intenté por lo menos. Ahora el hambre es quien me hizo levantarme. Caminé a la cocina encendí la estufa y puse una olla con agua, no estaba muy seguro de qué haría. Llevé conmigo el libro y por fin lo logré, avancé dos capítulos más hasta que el olor a gas me hizo reaccionar, volví la mirada a la estufa y sin pensar piqué con urgencia el botón del encendido, ese que prende una chispita cerca de cada quemador.

Al instante siguiente escuché una pequeña explosión y vi mi cara envuelta en un flamazo. El susto me hizo dar un brinco hacia atrás, aún me sentía un campeón cuando el brinco me hizo sentir la alacena en la espalda. 

Maldito mueble enorme, viejo e inestable. Al recibir mi empujón decidió darme uno de vuelta pero le ganó el peso y me prensó contra la estufa. De arriba se lanzaron varios trastes y cajas pero la esquina del horno fue la que decidió clavarse en mi cabeza, apenas un poquito, apenas lo suficiente para desconectar al cuerpo de la mente. 

Me voy a morir aquí supuse. En este momento mi mayor dolor, si no es que el único, es que nunca acabaré el libro, no sabré el final dela historia del tipo que se accidentaba en la cocina tras destapar el viejo lavabo de su baño. En fin, por lo menos podré dormir un buen rato aquí, quietecito.

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