Recordar al cine

Volumen Nueve

El cine se mira, se ve; se asiste al cine. Hoy, en medio de una pandemia, se recuerda.

por Oralia Torres de la Peña
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Recordar al cine

La última vez que fui al cine fue el jueves 12 de marzo. En esas fechas, la pandemia por el covid-19 ya había causado pánico en Asia y Europa, donde estaba siendo especialmente cruel con las poblaciones mayores. Era cuestión de tiempo para que llegara a México y provocara el caos que hemos visto (gracias a las particularidades de este país), pero, aún se veía lejano. En marzo, no estaba tan preocupada porque fuera a pasar algo, al grado que incluso planeaba viajar a Cuba para el siguiente puente y celebrar mi cumpleaños por adelantado. 

La noche del 12 de marzo fui a la función de prensa de Ema –la última película de Pablo Larraín protagonizada por Mariana Di Girolamo, Gael García y Santiago Cabrera–  en el cine de cierta plaza comercial cercana a mi departamento. La sala estaba a reventar, la magnética película capturó mi atención y jugó con mis expectativas durante las casi dos horas que duró. Salí de la sala emocionadísima. Platicaba con mi pareja de lo brillante que era y dijimos que definitivamente valía la pena verla otra vez en pantalla grande. Recuerdo que mencionó que debíamos aprovechar e ir al cine lo más que pudiéramos porque pronto no podríamos hacerlo. Por motivos que ahora parecen absurdos (que si era muy tarde, que si teníamos demasiado trabajo, que si mejor nos quedábamos en casa a ver otra cosa), no pudimos regresar a ver Ema (ni ninguna otra) ese fin de semana ni el siguiente, y el lunes 23 de marzo comenzó la Jornada Nacional de Sana Distancia. 

Cuando anunciaron que la mejor estrategia contra el covid-19 era, de hecho, mantenernos en casa y no salir, mi corazón dio un vuelco porque significaba que no había fecha cercana para volver al cine. Cada que dicen que el cine eventualmente dejará de existir por tantas alternativas disponibles para ver películas sonrío porque, para mí, nada se compara con ver cualquier película, desde una obra de arte incomparable hasta la película más risible y absurda, en un espacio especialmente designado para ello, lleno de butacas que podría o no estar ocupadas por muchas otras personas. Es una actividad pública y privada a la vez: cómo reaccionas y procesas lo que ves en pantalla es personal, y compartes esa experiencia con desconocidos que quizás nunca vuelvas a ver. Y, vaya, nada como refugiarse en una sala oscura y olvidarse del mundo exterior por 2 horas (a veces más, a veces menos), sobre todo durante el insoportable calor del verano.

Estar encerrada en un departamento haciendo home office y solo salir a lo esencial me dejó mucho tiempo libre que usé (¿uso?) para ver muchísimas películas. Llevo desde niña viendo todas las películas que encuentre. En 2015 decidí escribir sobre el séptimo arte, pero apenas en 2018 me atreví a llamarme “crítica de cine”. Para mí, el cine es una gran ventana hacia miles de perspectivas y cosmovisiones, de formas de experimentar con imágenes y el sonido, de provocar emociones fuertes y de derrumbarte o levantarte. 

Sin querer, regresé a mis viejos hábitos de adolescente y llegué a ver más de 15 películas por semana; incluso documenté en Twitter y Letterboxd todas las películas que vi durante este período en distintas plataformas de streaming, como Mubi, Netflix, Primevideo, FilminLatino, CinépolisKlic y HBOGo. Con una pared blanca, un proyector y una bocina se hacen maravillas; pronto nos acostumbramos a una rutina donde, después de un largo día de trabajo en casa, veíamos una película para maravillarnos con historias presentes y pasadas. Con tanta variedad, dimos prioridad a las cintas que tuvieran tiempo limitado en plataformas (parte del atractivo de Mubi es su límite de tiempo para ver una película, por lo que te obliga a ser un poco más activa en relación a cómo las ves; además, FilminLatino armó varios ciclos de cine con películas gratis por tiempo limitado), luego filmes que hace mucho no veía o quería revisitar, o a películas relativamente nuevas de las que me perdí en cines o que nunca tuvieron estreno en México. Además, saltaba de alegría cada que familiares, amigas o conocidas me mandaban mensaje o llamaban para preguntarme qué podrían ver; una de las trampas de que haya mucha variedad y opciones en las principales plataformas de streaming es que llega un punto donde no sabes qué ver ni si tienes ganas de verlo, y el algoritmo programado no suele ayudar mucho. 

Con todas las películas que he visto en esta covidtena (porque, vaya, hay muchos tipos de cuarentena), redescubrí que el cine es una de las artes más versátiles y flexibles que hay. Con más razón sostengo que quien dice que “no hay películas buenas” o “ya solo hay de superhéroes” en realidad no ha visto nada. Esta perspectiva se entiende cuando solo te dejas guiar por la cultura de consumo, por el algoritmo y por lo que ciertas compañías imponen como imprescindibles: estas prácticas dejan fuera una gran diversidad de filmes, perspectivas y experiencias. Al verse pausada la maquinaria sobre lo que debes ver en cines (y pudiendo ignorar un poco lo que el algoritmo de ciertas plataformas impone), tenemos un poco más de espacio para explorar otras alternativas y encontrar cientos de sorpresas; algunas de las que vi y me fascinaron son The Toxic Avenger (1984), Awaara (1951), Elevator to the gallows (1958), The servant (1963), One Cut of the Dead (2017), Mr. Klein (1976), The Souvenir (2019), Gloria (2013), Persona (1966), The vast of night (2019), Crystal Swan (2018), My dinner with André (1981), Ernest & Celestine (2012) y muchísimas más. 

Conforme avanza la pandemia en este hemisferio, queda claro que falta mucho tiempo, si es que alguna vez, para regresar al tipo de normalidad al que estábamos acostumbradas. A nivel microscópico, las salas de cine son justo el peor lugar para estar: cuartos grandes con un sistema de ventilación cerrado donde la gente se sorprende, se ríe, grita, estornuda, tose, come y/o habla. Aún con distanciamiento social y butacas separadas a 1.5 metros de distancia, es un riesgo enorme del que estábamos relativamente conscientes (después de todo, la gente suele evitar ir al cine cuando tiene gripe u otras enfermedades infecciosas, por ejemplo) y que se agrava ante una enfermedad sumamente contagiosa; una enfermedad que reacciona y se adapta a cualquier cuerpo. Por más que muero por ver Portrait of a Lady on Fire (actualmente en los pocos cines abiertos del país), por ejemplo, tomará buen rato sentir el valor y confianza para regresar a las salas de cine. Más que nada, extraño la experiencia que conlleva ir al cine, sobre todo después de días estresantes o particularmente pesados, pero hasta que sea seguro salir, sigo en casa descubriendo infinidad de películas. 

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