Seeds’ Lullaby: Sueños y el despertar después de la pandemia

Volumen Nueve

Nuestra premura por cambiarlo todo o, mejor dicho, por esperar a que todo cambiara por sí mismo, se ha apaciguado. Incluso las inequidades brutales que la pandemia evidenció –hubo quien no pudo quedarse en casa, quien perdió el trabajo, quien no pudo seguir pagando la renta– y que, pensamos, por fin podrían cambiar dada la exposición masiva que recibieron, parecen estar de fondo nuevamente. Caminamos hasta aquí únicamente para añadir el virus a la vieja realidad en que vivíamos.

por Eliel F. Sánchez Acevedo
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Seeds’ Lullaby.
Sueños y el despertar después de la pandemia

Soñábamos con utopía y nos despertamos gritando.
—Roberto Bolaño.

Cuando todo comenzó, nos pusimos a soñar. Dentro de nuestras casas, nos arrojamos al suave arrullo de la canción de cuna que nuestros gobiernos, nuestros amigos, y nuestras conciencias nos ofrecieron: no será para tanto, no durará, a ti no te pasará. Después, cuando se hizo evidente que el sueño iba a volverse pesadilla y que la epidemia no terminaría ni hoy, ni mañana, ni en fecha cierta, tomamos la canción de cuna por asalto, y nos pusimos a soñar por nuestra cuenta. Hubo quien soñó con el fin del capitalismo: las grandes compañías hundiéndose junto con el mercado. Otros soñaron con un reacomodo en la política internacional: primero China, luego la Unión Europea, y luego Estados Unidos, al borde del colapso político y social. Algunos más se durmieron para imaginar la vuelta de lo local y lo subalterno: redes solidarias de alimentación, autogestión, ayuda. La pandemia creó un ejército de soñadores.

¿Cómo hemos podido soñar en medio de la muerte, el dolor y la zozobra? Ciertamente, la pandemia logró algo que de por sí se nos antojaba irreal: detuvo el ritmo de la vida. Los trabajos pararon, las escuelas cerraron, los deadlines se suspendieron, los envíos de paquetería se retrasaron, y pareció, por primera vez, que había algo que podía frenar nuestra obsesión con la eficiencia. La máquina productiva que nunca duerme, se detuvo. Los cielos de China se limpiaron, así como los canales de Venecia. Los paquetes de Amazon se retrasaron. No sólo sentimos en carne propia el nivel al que la conectividad del mundo ha llegado (pues no hubo frontera que el virus no cruzara en escasos dos meses), sino que nos sentimos, quizás por primera vez, parte de un todo planetario, de un evento cuya escala, espacial e histórica, por fin pudimos dimensionar. ¿Cómo no íbamos a ponernos a soñar, entonces, con otras  —a veces más modestas y otras veces más ambiciosas— posibilidades? No sólo soñamos para escapar de la realidad, sino porque esa realidad, con su aura de excepcionalidad, nos permitió expandir los límites de lo posible.

Hubo quien soñó más y quien soñó despierto. Hubo quien mantuvo un sueño vivo mientras observó, bien despierto y con horror, cómo los hospitales colapsaron, y luego las morgues; cómo el crimen y la desigualdad siguieron flagelando mientras el virus se esparcía. Soñamos cuando el mástil del Empire State Building se tornó rojo, mientras el Papa otorgaba una bendición Urbi et Orbi ante una plaza vacía, en medio de la lluvia, únicamente con el sonido de las sirenas de las ambulancias de fondo. No fueron las señales que parecían preceder el fin del mundo lo que nos obligó a renunciar a la utopía.

Al contrario, fue la presencia de lo normal, de lo cotidiano, lo que empezó a perturbar nuestros sueños. La epidemia dejó de prometer un antes y un después, y empezamos a entender que se iba a convertir en ambos, fusionando el antes y el después en un tiempo continuo. Lo excepcional comenzó a transformarse en la nueva normalidad. Y una vez que lo excepcional pierde su carácter temporal y único, los sueños quedan suspendidos, pues todos sabemos que la normalidad y lo cotidiano son tierra estéril para ellos. El mercado no se hundió, las compañías multinacionales no desaparecieron, el consumo jamás se detuvo, comenzamos a agradecer la vigilancia masiva por parte de los gobiernos, y nos convertimos en policías de todos aquéllos que osaren salir sin mascarilla a la calle. Ya no soñamos con un cambio de paradigma, sino con el día en que podremos volver a pararnos en medio de una multitud. 

Nuestra premura por cambiarlo todo o, mejor dicho, por esperar a que todo cambiara por sí mismo, se ha apaciguado. Incluso las inequidades brutales que la pandemia evidenció –hubo quien no pudo quedarse en casa, quien perdió el trabajo, quien no pudo seguir pagando la renta– y que, pensamos, por fin podrían cambiar dada la exposición masiva que recibieron, parecen estar de fondo nuevamente. Caminamos hasta aquí únicamente para añadir el virus a la vieja realidad en que vivíamos.

Pero no debemos culparnos por ello. El gran cambio que supuestamente debió llegar con la pandemia nunca estuvo ahí. Lo soñamos porque debíamos y porque podíamos. No podemos sujetarnos moralmente a un fracaso cuando no hubo elección ni batalla que pelear. Tuvimos una canción de cuna que ahora toca su fin.

Estamos por despertar. Muy pronto hemos de aceptar, de una vez por todas, que no habrá vuelta al mundo antes de la pandemia. ¿Soñamos, entonces, para nada? No. 

Si una nueva normalidad está por construirse, ésta pasará necesariamente por todos nosotros. No emergerá sin que estemos ahí, porque no hay proyecto, por hegemónico que sea, que pueda excluir en términos absolutos a nadie. Y será ahí en donde debamos plantar el fermento de esos sueños. Pequeñas semillas en las grietas que el virus vaya dejando. Si los sueños pertenecen al tiempo de lo excepcional, la transformación de la realidad pertenece a la tenaz y obstinada quietud de la vida cotidiana. Toca soltar la semilla que ha nacido del silencio de nuestros sueños.

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