Una hora de tu tiempo

Volumen Nueve

Ese cuento recibió la mención honorífica de tercer lugar de nuestro primer concurso literario, Pandemioscopio.

por José Javier Ponce de León
13 Julio 2020
Fotografía por: VOCANOVA

Una hora de tu tiempo

Ya sé que te lo conté la vez pasada, pero otra vez hizo lo mismo. Lo mismito que te dije la otra vez. Yo no entiendo para qué me desgasto diciéndole a cada rato que no mueva las cosas de lugar, que riegue las plantas con poca agua, que… ¿cuál es el punto? Y luego yo no puedo enojarme con él, porque él es quien está en la casa todo el día, pero ¿no merezco yo también llegar a mi casa y ver todo ordenado? Vengo cansada del trabajo, encima protegiéndome todo el día y lo primero que noto al llegar es que volvió a poner la maceta sobre el libro. Está bien, decoración y lo que quieras, muy bonito y todo, pero entonces no le eches tanta agua. Déjame a mí entonces, me encargo yo de las plantas. O haces una cosa o haces la otra, pero no las dos. Ya sé que nunca voy a leerlo, que está ahí de oquis, pero ¿estás de acuerdo en que no puedes maltratar un libro así? La portada llena de tierra, las hojas arrugadas de toda el agua, o sea es que se mamó Gerardo. ¿Es normal? Me refiero a que si es normal estar así de estresada. Ya no sé qué es normal, parece que seguimos como siempre, excepto que ahora me baño antes y después de salir al trabajo, y el maldito cubrebocas. Ah, y que ahora mi mamá me marca cada dos días con la excusa de que ya no nos vemos. Y ahí me ves, una hora completa diciendo que sí y que no, ya sabes cómo le encanta hablar a la señora, y como el mamón de Miguel no le contesta nunca ahí me ves, ahí me ves yo escuchando por los dos las quejas de mi mamá. Gerardo dice que le bloquee el número, pero no puedo. ¿Y luego, qué le digo? Me sermonea otra hora, y como no sé decirle que no, me tengo que aguantar. No. Mejor así, caerle bien, porque luego no te deja en paz. Y luego me pregunta que porqué no le doy nietos. Aún no me decido con eso. Seguimos al límite, Gerardo y yo. Deja tú eso, cómo voy a traerlo a este mundo, sobre todo ahorita. Nadie en su sano juicio puede estar pensando en traer criaturitas en plena pandemia, en pleno desastre. Yo no veo por dónde, y sí, ya sé que me dijo que todas las generaciones de la historia creen que están viviendo el fin de los tiempos, y que los jóvenes van a terminar de destruirlo, pero en serio dime que este no es el fin del mundo. O sea, solo de ver afuera me queda claro. Todos actúan normal, todo sigue como siempre aunque sabemos que no es así. Yo incluso, ahí me ves saliendo todos los días al trabajo, aunque bien puedo hacerlo desde casa. Gerardo bien padre porque los niños están en receso escolar, pero yo no sé cómo van a hacerle el siguiente semestre. Creo que ni él sabe qué onda con la escuela. Lo bueno que sabe moverle a la tecnología, yo no le entiendo a nada de eso. Y sabes qué, mejor así, porque no podría trabajar con todo el ruido que hacen los niños en videollamadas, y pues tú sabes que yo tengo que estar pegada al teléfono. Ahora que lo pienso, ni Gerardo va a poder dar la clase agusto con todo el ruidero de la construcción de al lado. ¿Si te conté de eso? Son como cincuenta hombres, ahí te encargo. Dicen que los traen con tapabocas, pero con este calor ¿te crees que no se lo van a estar quitando? Es un nido de contagios, Estela. Aquí a diez metros de nuestro departamento. No les basta con todo el ruido que hacen, y apenas van a la mitad. Y yo llego al departamento y no puedo acostarme tranquila entre los ladridos de los perros y la construcción y las ocurrencias de Gerardo ¡y las putas plantas! Yo no sé por qué los ponen a trabajar en la noche y en la mañana, o sea el chiste es fregarte a la hora que estás cómodo en tu casa. ¿Quieres irte a dormir? Es hora del maldito taladro. ¿Ves por qué necesito verte en persona? Yo sé que no estás recibiendo, pero me urge una cita. Ponme el martes, la hora que tú quieras. Está bien. Pero de verdad que si no voy a hablar contigo me rompo en pedazos. Ya empecé a tomar café otra vez, no puedo con esto. La ansiedad. Ya ni sé yo de qué, si todo sigue como siempre, pero como que está en el aire; digo aparte de que no he ido a verte como en dos meses. Se nos cae la sociedad Estelita, se nos cae. Somos una pluma y nos soplaron de la mesa. Ahí me ves, esquivando lo inevitable, como los barcos vikingos de la feria, me voy para un lado y luego para el otro, así siento que no me ando cayendo como todos, que no se nos está hundiendo el barco, pero tarde o temprano se nos cae todo. Y ahí ves a mi mamá recordándome de los nietos. Es que no piensa. Ya no le importa. Con la pena, pero pues ella ya se va a morir, qué sabe de este mundo. Es más, ella cada rato me lo dice. Yo no sé cómo dice que quiere ver a sus nietos y al mismo tiempo quiere morirse. El chiste es hacerme sentir mal. Que no cumplo. Y Gerardo ahí está, sí me apoya, es bien lindo tú ya sabes, pero me acuerdo de las macetas y me emputo otra vez. No sabe o se hace como que no entiende, neta. Y ya te dije que le dije varias veces, y se disculpa y lo que quieras pero se le olvida o se hace menso y ahí me ves de nuevo quitando la planta del libro. ¿Ya mejor tiro el libro, no? Ya no sé. A veces me dan ganas de mejor no ver la mesa. Quisiera ser un poco más como Miguel que se le resbala todo, pero no puedo ¡no puedo! La vida va muy rápido, a veces me preocupa también eso, porque se nos olvida que todo pasó, va a terminar la cuarentena y cuando vuelva a pasar algo así se nos olvida qué hicimos mal, qué hicimos bien, y nos mentimos con que no fuimos parte del problema, porque nimodo que le digas a tus hijos que tú fuiste el que salió de fiesta, el que llegó de Italia y le dio un beso a la abuela, que tú mataste a la abuela, pues claro que no, nadie va a decir eso. Puro sensacionalismo en los periódicos, vas a ver las mismas noticias y los mismos errores. Por eso nos vamos a extinguir, Estelita. Pero bueno ya te di una pista de lo que quiero hablarte en terapia. Me urge la cita, de que, para la siguiente semana. Martes está bien, en serio, no me importa el cambio de día si me abres un espacio. A las cuatro, ¿va?

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