Volumen Cero

En un pueblo desconocido, dos novios celebran su lazo matrimonial mientras la madre del novio atiende sin cesar a los muchos invitados (o no invitados) que esperan de cenar y tomar. Las tierras áridas todavía esconden y presumen algo: esas costumbres, raíces. Pero muy en el fondo. Las hemos cambiado, nuestras costumbres, y con ello, ¿nuestra dicha? Aquel cálido sol; el olor del guisado en la cazuela de barro; la familia ‘engotada’ de sudor pero feliz, solo en la memoria. Bajo el cemento yacen; tumba de la metropolis. Ernesto Dávila nos regala la memoria. «Éntrenle a los frijoles y al arroz, ¡chingones!»

POR Ernesto Dávila Herrera
20 septiembre 2018

Los novios nunca vistos en portadas de revistas o emblemas cinematográficos. Eran gente rural sin perder la esperanza en levantar la tierra queriendo hacer realidad su ansiada utopía.

La boda se celebraba en ranchería apartada que solo se llega en camino terregoso paralelo a las vías del tren.

Él, alto, hidalgo y campesino; Ella, sencilla y de vista agachada, sin permitir que sus ojos chispeantes y vivaces como una libélula se permitieran ver al resto de los presentes, solo para su amado.

Las mesas puestas en el gran patio de la escuela rural unitaria o atrio de la pequeña capilla; esto según la función que se le diera. En lo que era la cabecera de ese solar, una larga mesa como la imaginada por Leonardo, en donde se acomodaron los abuelos, los papás y los padrinos de velación, y por supuesto, el sitio principal para los desposados.

De siempre el pueblo en umbría y sin los servicios básicos. El agua captada de la lluvia o acarreada del único pozo que en periodos de secos estíos no se comportaban como los que se le atribuyen a Jacob. Se almacenaba el agua en barricas o rectángulos de madera calafateados como barcas, no porqué se pudieran hundir, sino para no filtrar el vital líquido que cariñosamente le nombran la agüita.

¿De dónde salía tanta gente? Aquello era una hecatombe, no son palabras de la madre del novio, ella solo dijo: “¡es un gential!”; su preocupación eran los alimentos, que aunque todos los vecinos aportaron, consideraba imposible satisfacer tantas bocas.

En eso se presentó un decimonónico personaje, aún más respetado que el mismo Comisariado Ejidal, el Profesor. Al unísono se pusieron de pie y fue conducido al sitio principal junto al abuelo. Orgulloso el abuelo en nostalgia de tanto que ha vivido, le señaló a su hijo y le pidió que viera bien a su nieto:

—¿A poco no son ínticos? —le preguntó.

—Por supuesto que lo son —le contestó —y junto con usted parecen tres hermanos.

Las risas florecieron. La madre acelerada, sin dejar de hacer, cortésmente le dice al mentor:

—No me pida un anís, que lo dejé en casa, le ofrezco un mezcal de la sierra o un sotol de Chihuahua traído por una hermana. ¡Ah! de Monterrey nos trajeron cerveza ¿qué gusta?

Atendido quedó el respetado maestro.

Los novios ajenos, centrados en su cerrada plática, en espera de que pase la fiesta para alejarse a la casita de paja y adobe.

Platos de asado de puerco pasaban a las mesas, otros de cortadillo y los suertudos con sus pedazos de cabrito al pastor; pero la gente llegaba y llegaba como marabunta. Se olvidaron las distancias y estaban todos los de la comarca. La preocupación de la anfitriona aumentaba, tenía que hacer algo, para complacer a los que iban llegando. A uno de sus hijos le pidió que acomodara el sonido conectado a una planta de energía movida a gasolina y que le pasara el micrófono. Sin palabras introductorias y sin confiar en la potencia del aparato de sonido, habló con retumbada voz: ¡Eh!, éntrenle a los frijoles y al arroz ¡chingones!

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