Leyenda Norestense

Volumen Cero

Se cuenta que ese año (y otro más, y tantos otros), el sol inclemente del verano y los crudos inviernos acabaron con toda posibilidad de supervivencia en aquella comunidad cercana a Cadereyta.

POR Ernesto Dávila Herrera
6 noviembre 2018

Leyenda Norestense

Él salía temprano a recolectar raíces y a apropiarse de un poco de agua; la tomaba de un pozo sediento que siempre clamaba agua para sí. En el monte recogía, con facilidad, leña de los mezquites, conocidos por su dura madera. Armaba tercios y sobre su espalda los acomodaba para llevarlos a vender a la ciudad. Pero se cuenta que ese año (y otro más, y tantos otros), el sol inclemente del verano y los crudos inviernos acabaron con toda posibilidad de supervivencia en aquella comunidad cercana a Cadereyta.

Sus faenas le llevaban toda la claridad del estío, hasta las brumosas tardes del otoño: no abandonaba el trabajo en la cruda estación y se ponía más alegre en sus esperanzadas salidas en primavera. Su mujer quedaba al amparo de los niños, los que esperaban el regreso del padre para lograr ingerir algún alimento que les trajera.

El amoroso padre depositaba las viandas y se armaba lo que sería una gran comilona para una persona, pero que apenas daba para los cuatro entre los que tenía que repartirla. La mujer se desesperaba ante tanta pobreza, y en el lecho matrimonial, él le ofrecía solo lo que le podía dar sin limitaciones.

Luego de implorar al Creador un poco de agua y al ver la muerte de sus animalitos, muchos de los habitantes de la comunidad poco a poco fueron abandonando la árida tierra, para enfilar a otras aventuras en sitios distantes. Pero él bien plantado se quedó en sus tierras; con aquel pozo, también clamaba el agua de los cielos.

Una noche, la sorpresa: al llegar a su casa, no encontró a su mujer, ni a sus hijos. Como un desquiciado, fue de choza en choza preguntando por ellos, recibiendo lastimeros «yo no sé nada», «no he salido de la casa» o «ni enterado estaba». Caminó por veredas, buscó entre las piedras, se asomó al seco pozo, mas no los encontró. Pretendiendo permanecer en vigilia, se apostó en la entrada del jacal.

En vano el desvelo: no aparecieron.

Durante el día siguiente, se animó a ir a la ranchería cercana, en donde vivían parientes y conocidos. Tampoco encontró suerte.

Al anochecer se enfiló a su propiedad. Al pie de la puerta se encontraba su amigo Rosendo que, sin mediar introducción, le dijo lo que ya presentía: la Chayo, su esposa, se había pelado con un tal Genaro, con todo e hijos.

El sol quemante agudizaba la sequía. Rápido vino el cambio de estación con la misma costumbre: sin agua, sin hijos, sin mujer, sin razón, sin fuerzas.

Las noches las pasaba abajo de un Pirul, contando para sí su trágica vida. De tanto y tanto que hablaba, él se escuchaba y se repetía lo que había oído. En una de esas veces se alegró al sentir la presencia de una lechuza. El animal nocturno se posaba en cercana rama y sus movimientos de cabeza parecían decir: cuéntame más.

El frío nocturno de enero no era motivo para dejar de asistir a la cita de la conversación, ni lo fue febrero ni marzo. Esa noche de abril se dispuso a seguir la charla frente a la acomodada fogata y la puntual lechuza.

Al ver al ave, notó en sus ojos compasión y burla. Los grandes ojos le parecían a los de la desgraciada y querida Rosario. La rotación de su cabeza parecía el desdén de la amada. El tintineante y metálico sonido al ulular le recordaban los constantes reproches recibidos por la madre de sus hijos. La dócil ave se dejó atrapar por el colérico hombre que a gritos le reclamaba el porqué de su desamor y su abandono.

Con sus fuertes manos la asió del cuello. Sin oponer resistencia, la que para él era su amada, silbó un chillido o suspiró un quejido (nunca se supo) por última vez. Ya sin vida, la arrojó al fuego.

La intensa e inesperada lluvia hizo rechinar las brasas, acabar con la sequía y regresar la cordura al abandonado hombre.

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