Perturbación Pasional

Volumen Cuatro

Escapa tu rutina con este breve relato literario.

POR Ernesto Dávila Herrera
5 agosto 2019

Perturbación Pasional

Luego del abandono del padre, Federico se hizo cargo de su madre, a quien le procuraba atenciones adecuadas para sobrellevar sus dolencias. Aceptaba trabajos sin restricciones de horarios. Por lo general, los realizaba en casa, en un pequeño espacio ocupado como taller.

Cierto día salió apresurado, mientras dormía su madre, para comprar refacciones y surtir la despensa, y la vio: joven, bella, esperando su camión.

Al siguiente día ya estaba en la parada. No esperaba el transporte, sino a ella: quería que se atravesara en sus ojos como lo solían hacer esos camiones, de una manera brusca.

Así, los siguientes días, con puntualidad victoriana, él se hacía presente en la misma parada. Ella ya había notado su presencia y no le desagradaba su sonrisa. Llegó la conversación buscada por ambos y la promesa de continuar la amistad, que en días se tornó en posibilidad de noviazgo.

Sin dejar de atender a su madre, buscaba los modos para permanecer más tiempo con Matilde, pero ella tenía otras ocupaciones y solo le dedicaba breves momentos. Las razones esgrimidas eran que tenía que asistir a terapias individuales —y luego grupales— en un club de asistencia para huérfanos de madre.

Federico no aceptaba las cortantes citas, y le pedía que dejara de asistir al tal club. Ella señalaba que más allá de las terapias, había encontrado un grupo de amistades donde convivía en sana diversión.

Esa tarde le dijo que la amaba y que estaba celoso de sus amigos y molesto por el poco tiempo que le concedía. Pero ella no iba abandonar aquel grupo de consuelo y dicha.

Llegó a su casa, ya de noche, cabizbajo, apesadumbrado. Al traspasar el umbral y ver a su madre, le vino una sonrisa y la atendió con amoroso esmero, proporcionándole sus alimentos generosamente, al igual que sus medicamentos para que tuviera un largo y tranquilo sueño. Se apostó en el balcón que dominaba la ciudad y dirigió la mirada en un punto donde se encontraba Matilde con sus amigos del club. Regresó su mirada a la dormida madre y le dijo casi en susurro: mañana te entierro y mañana mismo me inscribo en el Club de Huérfanos de Madre.

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