Un poema de Raquel Guerrero Velázquez.
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Busco un cadáver. Me dijeron tres cuadras a la izquierda y recto sin girar a la derecha.
Entera duele la vida, pero no sabría cómo decírselo. Puedo hablar del llanto, del ardor y de la herida, pero usted no sabría cómo digerirlo.
Yo busco un cadáver, desde 2006, cuando las farolas en las calles de mi pueblo se rompieron. A nadie le gusta caminar en la oscuridad y tropezar con lápidas. Las calles se hacen más largas, los letreros rotos ya no indican cruces o llegadas. En los ríos se ahoga el último grito de terror; flota la nada.
Abandonados fuimos a la suerte del plomo y usted evita mirarnos a los ojos. El trono al rey del fusil, de los cuerpos apilados sin rostro y sin nombre.
Fue en 2006 cuando los árboles se fueron secando. Se quemaron sus raíces. Ahora de la tierra cruces negras de papel crecen y se estiran, pero se caen con el viento como gesto de renuncia. No quieren más vestir ausencia. Trazo entre las cruces un camino, me dicen que deje de buscar, porque es inevitable la inundación, una vez que la vida gotea.
Dejarse doler, cubrirse con las hojas que cayeron del rosal donde me espiné buscando el camino de regreso a casa; y luego, seguir caminando.
Busco un cadáver que se quedó con la mirada llena de rabia.
¿Cómo se conserva la vida?
¿Cómo se aprende a vivir bajo un cielo que se calcina?

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